Elisa Díaz Castelo -México-

Autora de Proyecto Manhattan (Antílope, 2021), ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por El reino de lo no lineal, del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 por Principia y del Premio Bellas Artes de Traducción Literaria 2019 por Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong. Con el apoyo de las becas Fulbright-COMEXUS y Goldwater, cursó una maestría en Creative Writing (Poetry) en la Universidad de Nueva York (2013-2015). Ganó primer lugar en el premio Poetry International del 2016, el segundo lugar del premio Literal Latté 2015 y quedó entre los semifinalistas del premio Tupelo Quarterly 2016. Poemas suyos aparecen en Letras Libres, Nexos, Hispamérica, La Revista de la Universidad, Tierra Adentro, Este País, y Periódico de Poesía, entre otras, han sido incluidos en la  antología de poetas jóvenes españoles y mexicanos Fuego de dos fraguas, en la antología Voces Nuevas 2017 de la Editorial Torremozas y en la antología Liberoamérica (España). Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en los periodos 2015-2016, 2018-2019 y de la Fundación Para las Letras Mexicanas (2016-2017, 2017-2018). En 2018 fue seleccionada como una de las dos poetas jóvenes de América Latina invitadas al Festival Internacional de Poesía que se celebra en Trois Rivières.

Ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por El reino de lo no lineal, del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 por Principia y del Premio Bellas Artes de Traducción Literaria 2019 por Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong. Estudió una maestría en Creative Writing en la Universidad de Nueva York y ha sido becaria del FONCA (Jóvenes Creadores), de la Fundación Para las Letras Mexicanas y de la Fulbright. Su último libro, Proyecto Manhattan, acaba de publicarse en Ediciones Antílope.

(de Principia, Tierra Adentro, 2018)

Credo

Creo en los aviones, en las hormigas rojas,

en la azotea de los vecinos y en su ropa interior

que los domingos se mece, empapada,

de un hilo. Creo en los tinacos corpulentos,

negros, en el sol que los cala y en el agua

que no veo pero imagino, quieta, oscura,

calentándose.

Creo en lo que miro

en la ventana, en el vidrio

aunque sea transparente.

Creo que respiro porque en él pulsa

un puño de vapor. Creo 

en la termodinámica, en los hombres

que se quedan a dormir y amanecen

tibios como piedras que han tomado el sol

toda la noche. Creo en los condones.

Creo en la geografía móvil de las sábanas

y en la piel que ocultan. Creo en los huesos

sólo porque a Santi se le rompió el húmero

y lo miré en su arrebato blanco, astillado

por el aire y la vista como un pez

fuera del agua. Creo en el dolor

ajeno. Creo en lo que no puedo

compartir. Creo en lo que no puedo

imaginar ni entiendo. En la distancia

entre la tierra y el sol o la edad del universo.

Creo en lo que no puedo ver:

creo en los ex novios,

en los microbios y en las microondas.

Creo firmemente

en los elementos de la tabla periódica,

con sus nombres de santos,

Cadmio, Estroncio, Galio,

en su peso y en el número exacto de sus electrones.

Creo en las estrellas porque insisten en constelarse

aunque quizá estén muertas.

Creo en el azar todopoderoso, en las cosas

que pasan por ninguna razón, a santo y seña.

Creo en la aspiradora descompuesta,

en las grietas de la pared, en la entropía

que lenta nos acaba. Creo

en la vida aprisionada de la célula,

en sus membranas, núcleos, y organelos.

Creo porque las he visto en diagramas,

planeta deforme partido en dos

con sus pequeñas vísceras expuestas.

Creo en las arrugas y en los antioxidantes.

Creo en la muerte a regañadientes,

sólo porque no vuelven los perdidos,

sólo porque se me han adelantado.

Creo en lo invisible, en lo diminuto,

en lo lejano. Creo en lo que me han dicho

aunque no sepa conocerlo. Creo

en las cuatro dimensiones, ¿o eran cinco?

Creí fervientemente en el átomo indivisible;

ahora creo que puede

romperse y creo en electrones y protones,

en neutrones imparciales y hasta en quarks.

Creo, porque hay pruebas

(que nunca llegaré a entender),

en cosas tan improbables e ilógicas como la existencia de Dios.