Rebeca Becerra -Honduras-

(Tegucigalpa, Honduras, 1969). Poeta, narradora y ensayista. Es Licenciada en Letras con Orientación en Literatura por la UNAH, Diplomada en Historia del Arte y Procesos Creativos por la UNAH, Diplomada en Literatura Infantil y Juvenil en Centroamérica, Panamá y República Dominicana por la Cátedra Centroamericana FILIJC. Recibió en el año de 1992 por su libro Piedra y luna(inédito) el Premio Único Centroamericano de Poesía “Hugo Lindo” en la República de El Salvador. Libros de poesía publicados: Sobre las mismas piedras (Honduras 2004), Las palabras del aire (Honduras 2006), Persuasión de las cosas (Costa Rica 2016), Del tiempo (antología) (El Salvador 2016), Camila (Honduras 2017). Su libro Enigma del gato ciego (cuento) fue seleccionado por la Editorial Universitaria en concurso en el año de 2017, será publicado por la Editorial Universitaria de la UNAH. Sus artículos y ensayos han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras.

DESPUÉS DE ACARICIARTE YA ME SIENTO MEJOR

Posees hasta la más solitaria de mis venas.

Eres hiedra entre mis huesos quebrantados.

Mi cuerpo es tu Olimpo,

mi piel, los campos Elíseos donde

alojas tus cadáveres.

Me convienes casi siempre, casi a diario.

Me das la valentía que otros han perdido.

Lo que han perdido es a ti rabia, por eso

no ven la diferencia,

no ven la indiferencia.

Pobres… no tienen ni un lazarillo que los guie.

Lo confieso: tengo rabia, rabia crónica pero humana.

Estoy enferma de lo que otros no han hecho

y de lo que otros han hecho mal. Salvarme es mi destino

y salvarlos es el tuyo, rabia.

Por eso ven, sal de mis adentros,

no importa si con tus gritos dañas mis oídos,

sal,

no importa si destruyes mi garganta,

si revientas mis venas, si sangran mis ojos,

si se terminan de quebrar mis huesos.

Ven, siéntate hermana junto a mi lado,

quiero ver tu rostro de rabia, tus ojos que no conozco,

acércate,

pon tu cabecita en mi rodilla.

Después de acariciarte y verte caminar

ya me siento mejor.

OJO CON NEURISMA

Mi ojo derecho tiene su propio dolor,

un horario establecido para el llanto,

y trabajar en la contemplación y la escritura.

Lo veo en el espejo,

soy un pétalo dentro de él.

Mi ojo derecho es como otro corazón, palpita.

Hace tiempo me salvó la vida

y perdió la mitad de la suya.

Entonces, yo lo amo como se ama la mitad de la vida

y él me ama como se ama la mitad de la muerte.

Si alguien se pregunta dónde vive,

les diré en mi cuerpo Tegucigalpa.

Mi ojo duerme en cuarto menguante

no importa si la luna está llena,

yo también estoy menguando

hacemos un par de perfectas mancuernas

que caminan lo que nos queda hacia la muerte.

EVOCACIÓN

No hubo principio,

pues ya todo existía,

como el pasto trenzado por el viento.

Todo era bulla,

algazara,

reinaban los colores en las plumas.

Sí, ya todo existía.

No sé por qué me dejaron dormida

debajo de la muerte,

y aún más allá de ella,

en el ombligo neutro de la nada.

No consideraron mi carne de maíz,

mis dedos de obsidiana.

Yo me digo levántate y escribe.

Recoge del día la sangre de la noche

y líbrame del tiempo tejido por la muerte.

EL HOMBRE DIMINUTO

había un hombre que era una casa diminuta,

habitaba el centro mismo del espacio,

al cortarse el pelo y las uñas

se cortaba también el tiempo.

Su corazón caminaba

en el hueco del universo,

crecían raíces de espuma en sus dedos,

caía lluvia de su frente.

No cabía más que un día en sí mismo,

un día derramado en sangre,

una noche de cenizas muertas.

Era un hombre que era una ciudad pequeña.

Se escondía en los puntos precisos de los vértices.

Yo,

quería que tocara mi rostro,

que me abriera los ojos,

la boca,

pero la vida es una triste hormiga

que ha perdido una hoja.

Nadie pudo llegar a la altura de su muerte.

Nadie pudo cerrar sus ojos

porque eran diminutos como la arena.

Era un hombre diminuto

y solo yo pude verlo.